miércoles, 17 de diciembre de 2014

Marvin Harris “La madre vaca”, en Vacas, cerdos, guerras y brujas (1974) Madrid: Alianza Editorial, 1980 (colección LB, 755)

Marvin Harris
“La madre vaca”, en Vacas, cerdos, guerras y brujas (1974)
Madrid: Alianza Editorial, 1980 (colección LB, 755)
Siempre que se discute acerca de la influencia de los factores prácticos y
mundanos en los estilos de vida estoy seguro de que alguien dirá: «¿Pero, qué
opina de todas esas vacas que los campesinos hambrientos de la India
rehúsan comer?» La imagen de un agricultor harapiento que se muere de
hambre junto a una gran vaca gorda transmite un tranquilizador sentido de
misterio los observadores occidentales. En innumerables alusiones eruditas y
populares, confirma nuestra convicción más profunda sobre cómo la gente con
mentalidad oriental inescrutable debe actuar. Es alentador saber -algo así
como «siempre habrá una Inglaterra»- que en la India los valores espirituales
son más apreciados que la vida misma. Y al mismo tiempo nos produce
tristeza. ¿Cómo podemos esperar comprender alguna vez a gente tan diferente
de nosotros mismos? La idea de que pudiera haber una explicación práctica
del amor hindú a las vacas resulta más desconcertante para los occidentales
que para los propios hindúes. La vaca sagrada -¿de qué otra manera puedo
expresarlo?- es una de nuestras vacas sagradas favoritas.
Los hindúes veneran a las vacas porque son el símbolo de todo lo que está
vivo. Al igual que María es para los cristianos la madre de Dios, la vaca es
para los hindúes la madre de la vida. Así, no hay mayor sacrilegio para un
hindú que matar una vaca. Ni siquiera el homicidio tiene ese significado
simbólico de profanación indecible que evoca el sacrificio de las vacas.
Según muchos expertos, el culto a las vacas es la causa número uno de la
pobreza y el hambre en la India. Algunos agrónomos formados en Occidente
dicen que el tabú contra el sacrificio de las vacas permite que vivan cien
millones de animales «inútiles». Afirman que el culto a las vacas merma la
eficiencia de la agricultura, porque los animales inútiles no aportan ni leche ni
carne, a la vez que compiten por las tierras cultivadas y los artículos
alimenticios con animales útiles y seres humanos hambrientos. Un estudio
patrocinado por la Fundación Ford concluía que se podía estimar que
posiblemente sobraba la mitad del ganado vacuno en relación con el
aprovisionamiento de alimentos. Y un economista de la Universidad de
Pensilvania declaraba en 1971 que la India tenía treinta millones de vacas
improductivas.
Parece que sobran enormes cantidades de animales inútiles y antieconómicos,
y que esta situación es una consecuencia directa de las irracionales doctrinas
hindúes. Los turistas en su recorrido por Delhi, Calcuta, Madras, Bombay y
otras ciudades de la India se asombran de las libertades de que goza el
ganado vacuno extraviado. Los animales deambulan por las calles, comen
fuera de los establos en el mercado, irrumpen en los jardines públicos, defecan
en las aceras, y provocan atascos de tráfico al detenerse a rumiar en medio de
cruces concurridos. En el campo, el ganado vacuno se congrega en los 2
arcenes de cualquier carretera y pasa la mayor parte de su tiempo
deambulando despacio a lo largo de las vías del ferrocarril.
El amor a las vacas afecta a la vida de muchas maneras. Los funcionarios del
gobierno mantienen asilos para vacas en los que los propietarios pueden alojar
sus animales secos y decrépitos sin gasto alguno. En Madras, la policía reúne
el ganado extraviado que está enfermo y lo cuida hasta que recupera la salud,
permitiéndole pastar en pequeños campos adyacentes a la estación de
ferrocarril. Los agricultores consideran a sus vacas como miembros de la
familia, las adornan con guirnaldas y borlas, rezan por ellas cuando se ponen
enfermas y llaman a sus vecinos y a un sacerdote para celebrar el nacimiento
de un nuevo becerro. En toda la India los hindúes cuelgan en sus paredes
calendarios que representan a mujeres jóvenes, hermosas y enjoyadas, que
tienen cuerpos de grandes vacas blancas y gordas. La leche mana de las
ubres de estas diosas, mitad mujeres, mitad cebúes.
Empezando por sus hermosos rostros humanos, esta vacas de calendario
tienen poca semejanza con la típica vaca que vemos en carne y hueso.
Durante la mayor parte del año, sus huesos son su rasgo más acusado. La
realidad es que muy poca leche mana de sus ubres; estos flacos animales
apenas logran amamantar un solo becerro hasta la madurez. La producción
media de leche sin desnatar de la típica raza gibosa de vaca cebú en la India
no sobrepasa las 500 libras al año. Las vacas lecheras ordinarias americanas
producen más de 5.000 libras y no es raro que las campeonas produzcan más
de 20.000. Pero esta comparación no esclarece toda la situación. En cualquier
año, cerca de la mitad de las vacas cebú de la India no dan nada de leche, ni
siquiera una gota.
Para agravar la cuestión, el amor a las vacas no estimula el amor al hombre.
Puesto que los musulmanes desprecian la carne de cerdo pero comen la carne
de vaca, muchos hindúes les consideran asesinos de vacas. Antes de la
división del subcontinente indio entre la India y el Pakistán, estallaban
anualmente disturbios sangrientos entre las dos comunidades para impedir que
los musulmanes mataran vacas. Recuerdos de disturbios provocados por
vacas, como por ejemplo el de Bihar en 1917, en el que murieron treinta
personas y fueron saqueadas ciento setenta aldeas musulmanas hasta la
última jamba de la puerta, continúan envenenando las relaciones entre la India
y el Pakistán.
Aunque deploró los disturbios, Mohandas K. Gandhi era un defensor ardiente
del amor a las vacas y deseaba una prohibición total del sacrificio de las
mismas. Cuando se redactó la Constitución india, ésta incluía un código de los
derechos de las vacas tan ridículo que poco le faltó para prohibir cualquier
modalidad de matar vacas. Desde entonces, algunos estados han prohibido
totalmente el sacrificio de las vacas, pero otros todavía admiten excepciones.
La cuestión de las vacas sigue siendo causa importante de disturbios y
desórdenes no sólo entre los hindúes y las restantes comunidades
musulmanas, sino también entre el Partido del Congreso en el poder y las
facciones hindúes extremistas de los amantes de las vacas. El 7 de noviembre
de 1966, una muchedumbre de ciento veinte mil personas, encabezada por un 3
grupo de santones desnudos, que cantaban e iban adornados con guirnaldas
de caléndulas y se habían untado con ceniza blanca de boñiga de vaca, hizo
una manifestación contra el sacrificio de vacas ante la sede del Parlamento
indio. Murieron ocho personas y cuarenta y ocho resultaron heridas durante los
disturbios que se produjeron a continuación. A estos acontecimientos siguió en
todo el país una ola de ayunos entre los santones, encabezados por Muni
Shustril Kumar, presidente del Comité Interpartidista para la Campaña de
Protección de las Vacas.
El amor a las vacas parece absurdo, incluso suicida, a los observadores
occidentales familiarizados con las modernas técnicas industriales de la
agricultura y la ganadería. El experto en eficiencia anhela coger a todos estos
animales inútiles y darles un destino adecuado. Y, sin embargo, descubrimos
ciertas incoherencias en la condena del amor a las vacas. Cuando empecé a
pensar si podría existir una explicación práctica para la vaca sagrada, me
encontré con un curioso informe del gobierno. Decía que la India tenía
demasiadas vacas, pero muy pocos bueyes. Con tantas vacas en derredor,
¿cómo podía haber escasez de bueyes? Los bueyes y el macho del búfalo de
agua son la fuente principal de tracción para arar los campos en la India. Por
cada granja de diez acres o menos, se considera adecuado un par de bueyes o
de búfalos de agua. Un poco de aritmética muestra que, en lo que atañe a la
arada, hay en realidad escasez más que exceso de animales. La India tiene
sesenta millones de granjas, pero sólo ochenta millones de animales de
tracción. Si cada granja tuviera su cupo de dos bueyes o dos búfalos de agua,
debería haber 120 millones de animales de tracción, es decir, 40 millones más
de los que realmente hay.
Puede que este déficit no sea tan grave puesto que algunos agricultores
alquilan o piden prestados bueyes a sus vecinos. Pero compartir animales de
tiro resulta a menudo poco práctico. La tarea de arar debe coordinarse con las
lluvias monzónicas, y cuando ya se ha arado una granja, tal vez haya pasado el
momento óptimo para arar otra. Además, una vez finalizada la arada, el
agricultor necesita todavía su propio par de bueyes para tirar de su carreta, que
es la base principal del transporte de bultos en toda la India rural. Es muy
posible que la propiedad privada de granjas, ganado vacuno, arados y carretas
de bueyes reduzca la eficiencia de la agricultura india, pero pronto me percaté
de que esto no era provocado por el amor a las vacas.
El déficit de animales de tiro constituye una amenaza terrible que se cierne
sobre la mayor parte de las familias campesinas de la India. Cuando un buey
cae enfermo, el campesino pobre se halla en peligro de perder su granja. Si no
posee ningún sustituto, tendrá que pedir prestado dinero con unos intereses
usurarios. Millones de familias rurales han perdido de hecho la totalidad o
parte de sus bienes y se han convertido en aparceros o jornaleros como
consecuencia de estas deudas. Todos los años cientos de miles de agricultores
desvalidos acaban emigrando a las ciudades, que ya rebosan de personas sin
empleo y sin hogar.
El agricultor indio que no puede reemplazar su buey enfermo o muerto se
encuentra poco más o menos en la misma situación que un agricultor 4
americano que no pueda sustituir ni reparar su tractor averiado. Pero hay una
diferencia importante: los tractores se fabrican en factorías, pero los bueyes
nacen de las vacas. Un agricultor que posee una vaca posee una factoría para
producir bueyes. Con o sin amor a las vacas, ésta es una buena razón para
tener poco interés en vender su vaca al matadero. También empezamos a
vislumbrar por qué los agricultores indios podrían estar dispuestos a tolerar
vacas que sólo producen 500 libras de leche al año. Si la principal función
económica de la vaca cebú es criar animales de tracción, entonces no hay
ninguna razón para compararla con los especializados animales americanos
cuya función primordial es producir leche. Sin embargo, la leche que producen
las vacas cebú cumple un cometido importante en la satisfacción de las
necesidades nutritivas de muchas familias pobres. Incluso pequeñas
cantidades de productos lácteos pueden mejorar la salud de personas que se
ven obligadas a subsistir al borde de la inanición.
Cuando los agricultores indios quieren un animal principalmente para obtener
leche recurren a la hembra del búfalo de agua, que tiene períodos de secreción
de leche más largos y una producción de grasa de mantequilla mayor que la
del ganado cebú. El búfalo de agua es también un animal superior para arar en
arrozales anegados. Pero los bueyes tienen más variedad de usos y los
agricultores los prefieren para la agricultura en tierras de secano y para el
transporte por carretera. Sobre todo, las razas cebú son extraordinariamente
resistentes y pueden sobrevivir a las largas sequías que periódicamente asolan
diferentes partes de la India.
La agricultura forma parte de un inmenso sistema de aciones humanas y
naturales. Juzgar partes aisladas de este «ecosistema» en términos que son
pertinentes para el comportamiento del complejo agrícola americano produce
impresiones muy extrañas. El ganado vacuno desempeña en el «ecosistema»
indio cometidos que fácilmente pasan por alto o minimizan los observadores de
sociedades industrializadas con alto consumo de energía. En Estados Unidos
los productos químicos han sustituido casi por completo al estiércol animal
como fuente principal de abonos agrícolas. Los agricultores americanos
dejaron de usar el estiércol cuando empezaron a arar con tractores en vez de
con mulas o caballos. Puesto que los tractores excretan veneno en vez de
fertilizantes, la utilización de una agricultura mecanizada a gran escala implica
casi necesariamente el empleo de fertilizantes químicos. Y hoy en día se ha
desarrollado de hecho en todo el mundo un enorme complejo industrial
integrado de petroquímica-tractores-camiones, que produce maquinaria
agrícola, transporte motorizado, gas-oil y gasolina, fertilizantes químicos y
pesticidas de los que dependen las nuevas técnicas de producción de altos
rendimientos.
Para bien o para mal, la mayor parte de los agricultores de la India no pueden
participar en este complejo, no porque veneren a sus vacas, sino porque no
pueden permitirse el lujo de comprar tractores. Al igual que otros países
subdesarrollados, la India no puede construir factorías que compitan con las
instalaciones de los países industrializados, ni pagar grandes cantidades de
productos industriales importados. La transformación de los animales y el
estiércol en tractores y petroquímica requeriría la inversión de sumas increíbles 5
de capital. Además, el efecto inevitable de sustituir animales baratos por
máquinas costosas es reducir el número de personas que pueden ganarse la
vida mediante la agricultura y obligar al correspondiente aumento en las
dimensiones de la granja ordinaria. Sabemos que el desarrollo de la economía
agrícola en gran escala en Estados Unidos ha significado la destrucción virtual
de la pequeña granja familiar. Menos del 5 por 100 de las familias de Estados
Unidos viven en la actualidad en granjas, en comparación con el 60 por 100 de
hace aproximadamente cien años. Si la economía agrícola tuviera que
desarrollarse de forma similar en la India, habría que encontrar en poco tiempo
trabajo y alojamiento para 250 millones de campesinos desplazados.
Puesto que el sufrimiento provocado por el desempleo y la falta de alojamiento
en las ciudades de la India es ya intolerable, un incremento masivo adicional de
la población urbana sólo podría acarrear agitaciones y catástrofes sin
precedentes.
Si tenemos en cuenta esta alternativa, resulta más fácil comprender sistemas
basados en animales, de escala pequeña y con bajo consumo de energía.
Como ya he indicado, las vacas y los bueyes proporcionan sustitutos, con bajo
consumo de energía, de los tractores y las fábricas de tractores. También
debemos reconocer que cumplen las funciones de una industria petroquímica.
El ganado vacuno de la India excreta anualmente cerca de 700 millones de
toneladas de estiércol recuperable. Aproximadamente la mitad de este total se
utiliza como fertilizante, mientras que la mayor parte del resto se emplea como
combustible para cocinar. La cantidad anual de calor liberado por esta boñiga,
el principal combustible con el que cocina el ama de casa india, es el
equivalente térmico de 27 millones de toneladas de queroseno, 35 millones de
toneladas de carbón o 68 millones de toneladas de madera. Puesto que la
India sólo dispone de pequeñas reservas de petróleo y carbón y ya es víctima
de una extensa deforestación, estos combustibles no pueden considerarse
sustitutos prácticos de la boñiga de vaca. Puede que el pensamiento de la
boñiga en la cocina no atraiga al americano medio, pero las mujeres indias lo
consideran un combustible superior para cocinar porque se adapta de un modo
excelente a sus rutinas domésticas. La mayor parte de los platos indios se
preparan con una mantequilla refinada llamada ghee para la cual la boñiga de
vaca es la fuente preferida de calor, ya que arde con una llama limpia, lenta, de
larga duración, que no socarra la comida. Esto permite al ama de casa india
despreocuparse de la cocina mientras cuida de los niños, presta ayuda en las
faenas del campo, o realiza otras tareas. Las amas de casa americanas
alcanzan un resultado similar mediante el complejo conjunto de controles
electrónicos que suelen incluir como opciones costosas las cocinas «último
modelo».
La boñiga de vaca cumple por lo menos otra función importante. Mezclada con
agua, se convierte en una pasta utilizada como material para recubrir el suelo
del hogar. Untada sobre el suelo de tierra y dejándola endurecer hasta que se
convierte en una superficie lisa, impide la formación de polvo y puede limpiarse
con una escoba.6
Dado que los excrementos del ganado vacuno tienen tantas propiedades útiles,
se recoge con cuidado hasta el último residuo de boñiga. En las aldeas, la
gente poco importante se encarga de la tarea de seguir por todas partes a la
vaca familiar y de llevar a casa su producto petroquímico diario. En las
ciudades, las castas de los barrenderos monopolizan la boñiga depositada por
animales extraviados y se ganan la vida vendiéndola a las amas de casa.
Desde el punto de vista de la agricultura mecanizada, una vaca seca y estéril
es una abominación económica. Desde el punto de vista del agricultor
campesino, la misma vaca seca y estéril puede constituir la última y
desesperada defensa contra los prestamistas. Siempre existe la posibilidad de
que un monzón favorable restablezca el vigor del ejemplar más decrépito y de
que engordará, parirá y volverá a dar leche. Por esto es que reza el agricultor;
y a veces sus oraciones son escuchadas. Entretanto continúa la producción de
boñiga. Así empezamos a vislumbrar poco a poco por qué una vaca vieja y
flaca parece hermosa a los ojos del propietario.
El ganado cebú tiene el cuerpo pequeño, gibas que almacenan la energía en
sus lomos y gran capacidad de recuperación. Estos rasgos están adaptados a
las condiciones específicas de la agricultura india. Las razas nativas pueden
sobrevivir durante largos períodos de tiempo con poco alimento o agua y son
muy resistentes a las enfermedades que afligen a otras razas en los climas
tropicales. Se explota a los bueyes cebú mientras continúan respirando. El
veterinario Stuart Oden’hal, antes vinculado a la Universidad de Johns Hopkins,
realizó autopsias de campo sobre ganado vacuno indio que normalmente había
seguido trabajando hasta unas horas antes de morir, pero cuyos órganos
vitales estaban dañados por lesiones masivas. Dada su enorme capacidad de
recuperación, nunca es fácil desechar estas bestias como totalmente «inútiles»
mientras están vivas.
Pero más pronto o más tarde, llega un momento en que se pierde toda
esperanza de recuperación de un animal, e incluso cesa la producción de
boñiga. Con todo, el campesino hindú rehúsa matarle para obtener alimento o
venderle al matadero. ¿No es esto evidencia incontrovertible de una práctica
económica perjudicial que no tiene ninguna explicación salvo los tabúes
religiosos sobre el sacrificio de las vacas y el consumo de su carne?
Nadie puede negar que el amor a las vacas moviliza a la gente para oponerse
al sacrificio de las vacas y al consumo de su carne. Pero no estoy de acuerdo
en que los tabúes que prohíben sacrificar y comer la carne de vaca tengan
necesariamente un efecto adverso en la supervivencia y bienestar del hombre.
Un agricultor que sacrifica o vende sus animales viejos o decrépitos, podría
ganarse unas rupias de más o mejorar temporalmente la dieta de su familia.
Pero a largo plazo, esta negativa a vender al matadero o sacrificar para su
propia mesa puede tener consecuencias benéficas. Un principio establecido
del análisis ecológico afirma que las comunidades de organismos no se
adaptan a condiciones ordinarias sino extremas. La situación pertinente en la
India es la ausencia periódica de las lluvias monzónicas. Para evaluar el
significado económico de los tabúes que prohiben sacrificar vacas y comer su 7
carne, debemos considerar lo que significan estos tabúes en el contexto de
sequías y escaseces periódicas.
El tabú que prohibe sacrificar y comer carne de vaca puede ser un producto de
la selección natural al igual que el pequeño tamaño corporal y la fabulosa
capacidad de recuperación de las razas cebú. En épocas de sequía y escasez,
los agricultores están muy tentados a matar o vender su ganado vacuno. Los
que sucumben a esta tentación firman su propia sentencia de muerte, aun
cuando sobrevivan a la sequía, puesto que cuando vengan las lluvias no
podrán arar sus campos. Incluso voy a ser más categórico: el sacrificio masivo
del ganado vacuno bajo la presión del hambre constituye una amenaza mucho
mayor al bienestar colectivo que cualquier posible error de cálculo de
agricultores particulares respecto a utilidad de sus animales en tiempos
normales. Parece probable que el sentido de sacrilegio indecible que comporta
el sacrificio de vacas, esté arraigado en la contradicción intolerable entre
necesidades inmediatas y condiciones de supervivencia a largo plazo. El amor
a las vacas con sus símbolos y doctrinas sagrados protege al agricultor contra
cálculos que sólo son «racionales» a corto plazo. A los expertos occidentales
les parece que «el agricultor indio prefiere morirse de hambre antes que
comerse su vaca». A esta misma clase de expertos les gusta hablar de la
«mentalidad oriental inescrutable» y piensan que las «masas asiáticas no aman
tanto la vida». No comprenden que el agricultor preferiría comer su vaca antes
que morir, pero que moriría de hambre si lo hace.
Pese a la presencia de leyes sagradas del amor a las vacas, la tentación de
comer carne de vaca bajo la presión del hambre resulta a veces irresistible.
Durante la Segunda Guerra Mundial las sequías y la ocupación japonesa de
Birmania provocaron una gran escasez en Bengala. El sacrificio de las vacas y
de animales de tiro alcanzó niveles tan alarmantes en el verano de 1944 que
los británicos tuvieron que utilizar tropas para hacer cumplir las leyes que
protegían a las vacas. Y en 1967 el New York Times relataba:
Los hindúes que afrontan la inanición en la región de Bihar, asolada por la sequía, están
sacrificando las vacas y se comen la carne aun cuando los animales son sagrados según la
religión hindú.
Los observadores señalaban que la «miseria de la gente era inimaginable».
La supervivencia hasta la vejez de cierto número de animales totalmente
inútiles en una época buena forma parte del precio que se ha de pagar por
proteger animales útiles contra su sacrificio en épocas malas. Pero me
pregunto qué se pierde en realidad con la prohibición del sacrificio y el tabú
sobre la carne de vaca. Desde el punto de vista de la economía agrícola de
Occidente, parece irracional que la India no disponga de una industria de
envasar carne. Pero el potencial real de esta industria en un país como la India
es muy limitado. Un incremento sustancial en la producción de carne de vaca
forzaría el ecosistema entero, no por el amor a las vacas, sino por las leyes de
la termodinámica. En cualquier cadena alimentaria la interposición de
eslabones animales adicionales provoca un fuerte descenso en la eficiencia de
la producción de alimentos. El valor calórico de lo que ha comido un animal
siempre es mucho mayor que el valor calórico de su cuerpo. Esto significa que 8
hay más calorías disponibles per cápita cuando la población humana consume
directamente el alimento de las plantas que cuando lo utiliza para alimentar a
animales domesticados.
Debido al alto nivel de consumo de carne de vaca en Estados Unidos, las tres
cuartas partes de todas nuestras tierras cultivadas se destinan a alimentar al
ganado en vez de a la gente. Puesto que la ingestión de calorías per cápita en
la India ya está por debajo de los requisitos mínimos diarios, la orientación de
las tierras cultivadas hacia la producción de carne sólo provocaría una
elevación en los precios de los artículos alimenticios y un nuevo deterioro en el
nivel de las familias pobres. Dudo si más del 10 por 100 de la población india
podría incluso hacer de la carne de vaca un artículo importante de su dieta,
prescindiendo de si creen o no en el amor a las vacas.
También dudo de que el envío de los animales más viejos y decrépitos a los
mataderos existentes produzca mejorías en la nutrición de la gente más
necesitada. De todas formas, la mayor parte de estos animales no se
desperdicia aun cuando no se envíe al matadero, ya que en la India existen
castas de rango inferior cuyos miembros tienen derecho a disponer de los
cuerpos del ganado vacuno muerto. Veinte millones de cabezas de ganado
vacuno perecen anualmente de una forma u otra, y una gran parte de su carne
se la comen estos «intocables» devoradores de carroña.
Mi amiga la doctora Joan Mencher, antropóloga que ha trabajado en la India
durante muchos años, indica que los mataderos existentes abastecen de carne
a la clase media urbana no hindú. Observa que los «intocables obtienen su
alimento de otra forma. Pueden disponer de la carne si una vaca muere de
inanición en una aldea, pero no si se envía a un matadero para venderla a
musulmanes o cristianos». Los informadores de la doctora Mencher negaron al
principio que un hindú comiera carne de vaca, pero cuando se enteraron de
que a los americanos de «casta superior» les gustaban los filetes, confesaron
rápidamente que les agradaba la carne de vaca al curry.
Al igual que todo lo discutido hasta aquí, el hecho de que los intocables coman
carne se ajusta perfectamente a las condiciones prácticas. Las castas que
comen carne suelen ser también las que trabajan el cuero, puesto que tienen
derecho a disponer de la piel de las vacas muertas. Así, pese al amor a las
vacas la India ha logrado desarrollar una enorme industria artesanal del cuero.
De este modo, se sigue explotando con fines humanos a animales
aparentemente inútiles, incluso después de muertos.
Podría tener razón en que el ganado vacuno es útil como tracción, combustible,
fertilizante, leche, recubrimiento del suelo, carne y cuero, y, sin embargo,
interpretar erróneamente el significado ecológico y económico de todo el
complejo. Todo depende de lo que cuesta esto en recursos naturales y mano
de obra en relación con formas alternativas de satisfacer las necesidades de la
inmensa población india. Estos costos están determinados en gran medida por
lo que el ganado vacuno come. Muchos expertos suponen que el hombre y la
vaca se encuentran enzarzados en una competición mortal por la tierra y los
cultivos alimenticios. Esto podría ser verdad si los agricultores indios adoptaran 9
el modelo agrícola americano y dieran de comer a sus animales alimentos
cultivadas. Pero la verdad cruda sobre la vaca sagrada consiste en que es un
infatigable devorador de desperdicios. Sólo una parte insignificante del alimento
consumido por la vaca corriente proviene de pastos y cultivos reservados para
su uso.
Esto debería desprenderse de todos esos informes que nos relatan cómo las
vacas deambulan por doquier provocando embotellamientos de tráfico. ¿Qué
hacen estos animales en los mercados, en los prados, a lo largo de las
carreteras y de las vías de ferrocarril y en las laderas estériles? Pero, ¡qué
hacen si no es comer cualquier brizna de hierba, rastrojos y desperdicios, que
no pueden ser consumidos directamente por los seres humanos, y convertirlos
en leche y otros productos útiles! El doctor Odend’hal ha descubierto en su
estudio sobre el ganado vacuno en Bengala Occidental que la dieta principal de
éste está integrada por derivados de desecho de los cultivos alimenticios
destinados al hombre, principalmente paja de arroz, salvado de trigo y cáscaras
de arroz. Cuando la Fundación Ford estimaba que sobraba la mitad del ganado
vacuno en relación con el aprovisionamiento de alimentos, daba a entender
que la mitad del ganado lograba sobrevivir aun sin disponer de cultivos
forrajeros. Pero este cálculo subestima la realidad. Probablemente menos del
20 por 100 de lo que consume el ganado vacuno consiste en sustancias
comestibles por el hombre; y la mayor parte de este porcentaje se destina a
alimentar a bueyes y búfalos de agua que trabajan en el campo, en vez de a
las vacas viejas y estériles. Odend’hal descubrió que en el área por él
estudiada no había competencia entre el ganado vacuno y el hombre por la
tierra o el aprovisionamiento de víveres: «Esencialmente, el ganado vacuno
convierte artículos con poco valor humano directo en productos de utilidad
inmediata.»
Una razón por la que muy a menudo se comprende mal este amor a las vacas
es que tiene consecuencias diferentes para el rico y el pobre. Los agricultores
pobres se sirven de él como permiso para recoger todos los desper-dicios,
mientras que los agricultores ricos se oponen a esto por considerarlo un
expolio. Para el agricultor pobre la vaca es un mendigo sagrado; para el
agricultor rico un ladrón. A veces las vacas invaden los pastos o tierras
cultivadas de alguien. Los terratenientes se quejan, pero los campesinos
pobres alegan ignorancia y dependen del amor a las vacas para recuperar a
sus animales. Si hay competencia, ésta se produce entre hombres o entre
castas pero no entre hombres y bestias.
También las vacas de la ciudad tienen propietarios que las dejan buscar
alimento durante el día y las recogen por la noche para ordeñarlas. La doctora
Mencher cuenta que durante su estancia en un barrio de clase media en
Madras, sus vecinos se quejaban constantemente de que las vacas
«extraviadas» irrumpían en los patios de las casas. Los animales extraviados
pertenecían en realidad a gente que vivía en una habitación situada encima de
una tienda y que vendía la leche de puerta en puerta en el barrio. Por lo que
respecta a los asilos y campos de la policía reservados para las vacas,
cumplen la función de reducir el riesgo de mantener vacas en un medio urbano.
Si una vaca cesa de producir leche, el propietario puede optar por dejarla que 10
deambule en derredor hasta que la policía la recoja y la conduzca al lugar
reservado para ellas. Cuando la vaca se ha recuperado, el propietario paga
una pequeña multa y la conduce a su refugio habitual. Los asilos funcionan
según un principio similar, proporcionando pastos baratos, subvencionados por
el gobierno, que, de lo contrario, no serían asequibles a las vacas de la ciudad.
Digamos de paso que la forma preferida de comprar leche en las ciudades es
conducir la vaca hasta casa y ordeñarla allí mismo. A menudo ésta es la única
manera de poder cerciorarse el cabeza de familia de que compra leche pura en
vez de leche mezclada con agua u orina.
Lo que resulta más increíble en estas disposiciones es su interpretación como
evidencia de prácticas hindúes despilfarradoras y antieconómicas, cuando en
realidad reflejan un grado de economización que supera las pautas de ahorro y
economía occidentales, «protestantes». El amor a las vacas es perfectamente
compatible con una determinación despiadada de sacar hasta la última gota de
leche de la vaca. El hombre que lleva la vaca de puerta en puerta lleva consigo
un becerro simulado, confeccionado con piel de becerro rellena, que coloca en
el suelo junto a la vaca para conseguir con engaños el resultado deseado.
Cuando esto no sirve, puede recurrir al phooka, que consiste en inyectar aire
en el útero de la vaca mediante un tubo hueco o al doom dev, que consiste en
introducir su rabo en el orificio vaginal. Gandhi creía que se trataba a las vacas
con más crueldad en la India que en cualquier otra parte del mundo. Se
lamentaba de «¡cómo las desangramos hasta sacarles la última gota de leche!
¡Cómo las privamos de alimentos hasta su emaciación, cómo maltratamos a los
becerros, cómo les privamos de su parte de leche, con qué crueldad tratamos a
los bueyes, cómo les castramos, cómo les pegamos, cómo les
sobrecargamos!».
Nadie comprendió mejor que Gandhi que el amor a las vacas tenía
consecuencias diferentes para el rico y el pobre. Para Gandhi la vaca era uno
de los puntos focales de la lucha por convertir a la India en una auténtica
nación. El amor a las vacas iba aparejado a la agricultura de pequeña escala,
la confección de hilo de algodón con rueca, el sentarse con las piernas
cruzadas en el suelo, el vestirse con taparrabos, el vegetarianismo, el respeto
por la vida y el más riguroso pacifismo. La enorme popularidad de Gandhi
entre las masas campesinas, los pobres urbanos y los intocables tenía su
origen en estos temas. Era su manera de protegerlos contra los estragos de la
industrialización.
Los economistas que quieren sacrificar los animales «excedentes» para hacer
más eficiente la agricultura india ignoran las repercusiones asimétricas de la
ahimsa (no violencia) para el rico y el pobre. Por ejemplo, el profesor Alan
Heston admite el hecho de que el ganado vacuno cumple funciones vitales
para las que no hay sustitutos fácilmente disponibles. Pero propone que estas
mismas funciones se podrían realizar con mayor eficacia si hubiera 30 millones
menos de vacas. Esta cifra se basa en el supuesto de que con cuidados
adecuados sólo se necesitarían 40 vacas por cada cien animales machos para
sustituir el número actual de bueyes. Puesto que hay 72 millones de machos
adultos, según esta fórmula bastaría con 24 millones de hembras de cría. En 11
realidad hay 54 millones de vacas. Heston estima, así, en 30 millones los
animales inútiles que deben ser sacrificados, restando 24 de los 54 millones. El
forraje y los alimentos que estos animales inútiles les han venido consumiendo
deben distribuirse entre el resto de los animales, que estarán más sanos y, por
consiguiente, podrán mantener la producción total de leche y de boñiga en o
por encima de los niveles anteriores. Pero, ¿qué vacas se van a sacrificar?
Cerca del 43 por 100 de la población total de ganado vacuno se encuentra en
el 62 por 100 de las granjas más pobres. Estas granjas de 5 acres o menos
sólo disponen del 5 por 100 de los pastizales. En otras palabras, la mayor parte
de los animales temporalmente secos, estériles y débiles pertenecen a la gente
que vive en las granjas más pequeñas y más pobres. De modo que cuando los
economistas hablan de deshacerse de 30 millones de vacas, en realidad
hablan de librarse de 30 millones de vacas pertenecientes a familias pobres, no
a ricas. Pero la mayor parte de las familias pobres sólo poseen una vaca; por
consiguiente, esta economización no se reduce tanto a eliminar 30 millones de
vacas como a librarse de 150 millones de personas, obligándolas a abandonar
el campo y emigrar a las ciudades.
Los partidarios del sacrificio de las vacas basan su recomendación en un error
comprensible. Razonan que si los agricultores rehúsan matar sus animales y
hay un tabú religioso que prohíbe hacer esto, el tabú es el principal
responsable de la alta proporción de vacas con respecto a bueyes. Su error se
oculta en la misma proporción observada: 70 vacas por cada 100 bueyes. Si el
amor a las vacas impide a los agricultores matar vacas inútiles desde el punto
de vista económico, ¿cómo es que hay un 30 por 100 menos de vacas que de
bueyes? Si nacen aproximadamente tantos animales hembras como machos,
debe haber algo que provoque la muerte de más hembras que machos. La
solución a este enigma consiste en que aun cuando ningún campesino hindú
sacrifica deliberadamente una becerra o una vaca decrépita a palos o con un
cuchillo, puede deshacerse, y de hecho se deshace de ellas, cuando se
vuelven inútiles desde su punto de vista. Se emplean diferentes métodos, a
excepción del sacrificio directo. Por ejemplo, para «matar» becerras
indeseadas se coloca un yugo de madera en forma de triángulo alrededor de
su cuello de modo que, al tratar de mamar, pinchan las ubres de las vacas y
mueren como consecuencia de las coces que reciben de éstas. A los animales
viejos simplemente se los ata con cuerdas cortas, dejándoles así hasta que
mueran de hambre, un proceso que no dura mucho tiempo si el animal ya está
débil y enfermo. Finalmente, cantidades desconocidas de vacas decrépitas se
venden subrepticiamente mediante una cadena de intermediarios musulmanes
y cristianos, yendo a parar a los mataderos urbanos.
Si queremos explicar la proporción observada entre vacas y bueyes, debemos
estudiar las lluvias, el viento, el agua y las pautas de tenencia de la tierra, no el
amor a las vacas. La prueba de esto está en que la proporción entre vacas y
bueyes varía según la importancia relativa de los diferentes componentes del
sistema agrícola en las diversas regiones de la India. La variable más
importante es la cantidad de agua de regadío disponible para el cultivo del
arroz. Siempre que hay extensos arrozales de regadío, el búfalo de agua
tiende a ser el animal de tracción preferido y la hembra del búfalo de agua
sustituye entonces a la vaca cebú como productora de leche. Por esta razón, 12
la proporción entre vacas y bueyes se reduce al 47 por 100 en las enormes
llanuras del norte de la India, donde las nieves fundidas del Himalaya y los
monzones crean el Río Sagrado del Ganges. Como ha señalado el eminente
economista indio K. N. Raj, los distritos del valle del Ganges, en los que se
cultivan sin interrupción, durante todo el año, los arrozales, tienen proporciones
entre vacas y bueyes que se acercan al óptimo teórico. Esto llama mucho la
atención por cuanto que la región en cuestión -la llanura del Ganges- es el
corazón de la religión hindú y encierra sus santuarios más sagrados.
Una comparación entre la India hindú y el Pakistán occidental musulmán refuta
también la teoría que afirma que la religión es el responsable principal de la alta
proporción de vacas sobre bueyes. Pese al rechazo del amor a las vacas y de
los tabúes que prohíben sacrificar vacas y comer su carne, el Pakistán
occidental dispone en total de 60 vacas por cada 100 machos, cifra
considerablemente superior a la media del estado indio, profundamente hindú,
de Uttar Pradesh. Cuando se seleccionan los distritos de Uttar Pradesh que
destacan por la importancia del búfalo de agua y el regadío mediante canales y
se comparan con distritos ecológicamente similares del Pakistán occidental, las
proporciones entre vacas y bueyes resultan prácticamente las mismas.
¿Quiere decir esto que el amor a las vacas no tiene ningún efecto sobre la
proporción sexual del ganado vacuno o sobre otros aspectos del sistema
agrícola? No. Lo que afirmo es que el amor a las vacas es un elemento activo
en un orden material y cultural complejo y bien articulado. El amor a las vacas
activa la capacidad latente de los seres humanos para mantenerse en un ecosistema
con bajo consumo de energía, en el que hay poco margen para el
despilfarro o la indolencia. El amor a las vacas contribuye a la resiliencia
adaptativa de la población humana conservando temporalmente a los animales
secos o estériles, pero todavía útiles; desalentando el desarrollo de una
industria cárnica costosa desde un punto de vista energético, protegiendo un
ganado vacuno que engorda a costa del sector público o de los terratenientes;
y conservando la capacidad de recuperación de la población vacuna durante
sequías y períodos de escasez. Como sucede en cualquier sistema natural o
artificial, siempre se produce alguna fuga, fricción o pérdida vinculados a estas
interacciones complejas, en las que intervienen 500 millones de personas,
ganado, tierra, trabajo, economía política, abono y clima. Los partidarios del
sacrificio afirman que la práctica de dejar criar indiscriminadamente a las vacas
y después reducir su número por descuido e inanición es despilfarradora e
ineficiente. No dudo de que esto es correcto, pero sólo en un sentido
restringido y relativamente insignificante. El ahorro que un ingeniero agrícola
podría conseguir eliminando un número desconocido de animales totalmente
inútiles debe compararse con las pérdidas catastróficas para los campesinos
marginales, en especial durante las sequías y épocas de escasez, si el amor a
las vacas cesa de ser una obligación sagrada.
Puesto que la movilización eficaz de toda acción humana depende de la
aceptación de credos y doctrinas psicológicamente compulsivas, habrá que
esperar que los sistemas económicos oscilen siempre por debajo y por encima
de sus puntos de eficiencia óptima. Pero el supuesto de que podemos lograr
que funcione mejor todo el sistema atacando simplemente su conciencia es 13
ingenuo y peligroso. Cabe alcanzar mejoras sustanciales en el sistema actual
estabilizando la población humana de la India y permitiendo a mayor número
de gente disponer de más tierra, agua, bueyes y búfalos de agua sobre una
base más equitativa. La alternativa es destruir el sistema actual y reemplazarlo
por un conjunto de relaciones demográficas, tecnológicas, político-económicas
e ideológicas totalmente nuevas; esto es, por un ecosistema completamente
nuevo. No cabe duda que el hinduismo es una fuerza conservadora, que hace
más difícil la tarea de los expertos en «desarrollo» y los agentes
«modernizadores» empeñados en destruir el viejo sistema y sustituirlo por un
sistema agrícola e industrial con alto consumo de energía. Pero si se opina
que un sistema agrícola e industrial con alto consumo de energía ha de ser
necesariamente más «racional» o «eficiente» que el sistema actualmente
existente, mejor es dejar las cosas como están.
Los estudios de costos y de rendimientos energéticos muestran, en contra de
nuestras expectativas, que la India utiliza su ganado vacuno con mayor
eficiencia que Estados Unidos. El doctor Odend'hal descubrió en el distrito de
Singur, en Bengala Occidental, que la eficiencia energética bruta del ganado
vacuno, definida como el total de calorías útiles producidas en un año dividido
por el total de calorías consumidas durante el mismo período, era del 17 por
1001
. Esta cifra contrasta con la eficiencia energética bruta inferior al 4 por 100
del ganado de carne criado en los pastizales de Occidente. Como dice
Odend’hal, la eficiencia relativamente alta del complejo ganadero indio no
obedece a que los animales sean especialmente productivos, sino a que los
hombres aprovechan con sumo cuidado sus productos. «Los aldeanos son muy
utilitaristas y nada se desperdicia.»
El despilfarro es más bien una característica de la moderna agricultura
mecanizada que de las economías campesinas tradicionales. Por ejemplo,
mediante el nuevo sistema de producción automatizada de carne de vaca en
Estados Unidos no sólo se desperdicia el estiércol del ganado, sino que se deja
que contamine las aguas freáticas en extensas áreas y contribuya a la polución
de ríos y lagos cercanos.
El nivel de vida superior que poseen las naciones industrializadas no es
consecuencia de una mayor eficiencia productiva, sino de un aumento muy
fuerte en la cantidad de energía disponible por persona. En 1970 Estados
Unidos consumió el equivalente energético a 12 toneladas de carbón por
habitante, mientras que la cifra correspondiente a la India era la quinta parte de

1 Marvin Harris ha desarrollado en su obra, Culture, Peopie, Nature, una ecuación que establece una
relación entre aspectos de la producción y el «output» energético:
E = m X t X r X e
donde E es la energía alimenticia o el número de calorías que un sistema produce anualmente; m = el
número de productores de alimento; t = el número de horas de trabajo por cada productor de alimento; r =
número de calorías gastadas por el productor de alimentos por hora; e = la cantidad media de calorías de
alimento por cada caloría gastada en la producción de alimentos. El factor e refleja el inventario
tecnológico de la producción de alimentos y la aplicación de esta tecnología a la tarea de la producción.
Por tanto e revela la productividad del trabajo o el nivel de eficiencia tecnoambiental del que gozan los
productores de alimentos de un sistema cultural en su intento de obtener energía alimenticia de su medio
ambiente. Es decir, como dice M. Harris, «cuanto mayor es e, mayor es el número de calorías producidas
por cada caloría gastada en la producción de alimentos». Consultar sobre este concepto de energía y
ecosistema, el capítulo 12, págs. 229-255, de la obra de Marvin Harris, Culture, People, Nature, Thomas
Y. Crowell, Nueva York, 1975, 2ª edición. N. del T.14
una tonelada por habitante. La forma en que se consumió esta energía implica
que cada persona despilfarra mucha más energía en Estados Unidos que en la
India. Los automóviles y los aviones son más veloces que las carretas de
bueyes, pero no utilizan la energía con mayor eficiencia. De hecho, el calor y el
humo inútiles provocados durante un solo día de embotellamientos de tráfico
en Estados Unidos despilfarran mucha más energía que todas las vacas de la
India durante todo el año. La comparación es incluso menos favorable si
consideramos el hecho de que los automóviles parados están quemando
reservas insustituibles de petróleo para cuya acumulación la tierra ha requerido
decenas de millones de años. Si desean ver una verdadera vaca sagrada,
salgan a la calle y observen el automóvil de la familia.

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